EL LUCHADOR. DECADENCIA Y DIGNIDAD
«El luchador» es una historia sobre la decadencia, la inadaptación, las oportunidades perdidas y la dignidad.
Las interpretaciones de los dos caracteres principales, Randy (Mickey Rourke) y Pam (Marisa Tomei) son espléndidas, llenas de expresividad y a la vez de contención. Rourke da vida a un personaje extremo, un luchador de wrestling en decadencia, que podría resbalar hacia la caricatura o lo grotesco, pero logra darle una solidez y una coherencia que lo hace cercano, comprensible, integrando sus contradicciones de fortaleza y debilidad, de decisión y duda, de resistencia y rendición. El paralelismo entre el personaje y el propio actor es evidente, el físico extremo, la afición por la lucha, el pasado triunfal y la posterior caída en el olvido, y todo ello contribuye a que la composición de Rourke transmita autenticidad en cada plano.
Marisa Tomei también crea un personaje de bailarina/prostituta que está entrando en la madurez, y que oscila entre la resignación y falta de expectativas, y la resistencia, con una interpretación a la vez sobria y emotiva.
La relación entre Randy (Rourke) y Pam (Tomei) se desarrolla en un momento de sus vidas de decadencia, soledad y dificultades para sobrevivir, en el que ambos personajes se reconocen y comprenden. Vemos cómo los dos podrían encontrar la cura de sus heridas y la estabilidad a través de su unión, de una alianza salvadora. La complicidad y el afecto entre ambos se muestra de forma a la vez evidente y tácita, girando a través de los escollos que impiden su encuentro.
Aunque están en un momento con carencias parecidas, sus perfiles son diferentes: mientras Randy es una vieja gloria, que ha vivido momentos de plenitud y ha dilapidado su dinero y sus relaciones absorto en el triunfo, Pam siempre ha sido una superviviente. Así, Randy se ha convertido en un inadaptado que intenta reconstruir y reconectar con la vida normal, pero fracasa contra el obstáculo de no tener hábitos ordenados ni habilidades en las facetas emocionales y relacionales que no desarrolló. Y Pam, por su parte, ha perdido la fe en las oportunidades que le pueda dar la vida, y se limita a protegerse rechazando cualquier posibilidad, para no crearse expectativas que puedan hacerle más daño.
Lo trágico de la historia es que ambos personajes intentan superar estos obstáculos, pero la debilidad y la pérdida de oportunidad frustran una posibilidad que parece por momentos al alcance de la mano, y acaba cediendo ante una especie de fatalismo, como si existiera un destino al que están abocados este tipo de caracteres psicológicos y sociales.
La crítica social está presente en la película a través del retrato del entorno de los personajes y su falta de oportunidades. La soledad y la indiferencia de una sociedad deshumanizada, en la que los luchadores son utilizados para dar espectáculo, perdiendo la salud y el futuro muy pronto.
Randy acusa esa indiferencia (“fuera de aquí no le importo a nadie”) pero asume la responsabilidad que le corresponde (“estoy solo, pero merezco estar solo”). Se intuye que su comportamiento es también consecuencia de esa vorágine que crea ídolos, los absorbe y luego los abandona sin capacidades para manejar su vida y mantener una estabilidad. Psicológicamente no tiene herramientas para asumir la pérdida del reconocimiento y las condiciones físicas, intentando prolongarlo inútilmente. La respuesta de la sociedad está encarnada por el jefe tirano que humilla innecesariamente al ídolo en horas bajas, recordándole su pérdida de valor social.
De forma paralela, Pam es humillada por los clientes del club, que la desprecian y anulan por la pérdida de su capacidad de seducción con la edad.
Ambos representan el mecanismo social de considerar a las personas sólo por su valor productivo, no por su cualidad de seres humanos.
La grandeza de los personajes es que asumen la dolorosa realidad sin quejas, sin reproches, sin escapar de su responsabilidad, y sin perder su sensibilidad, su generosidad y su capacidad de afecto por su entorno.
«Sólo me hacen daño ahí fuera».


