CISNE NEGRO (Darren Aronofsky, 2010)

CISNE NEGRO. LA OBSESIÓN Y LA LIBERTAD.
Esta impactante película me provocó dos lecturas distintas la primera y la segunda vez que la vi. Quizá conocer la clave principal después de la primera visión permite captar más matices en la segunda. Es una película de dualidades, contrastes y contradicciones, como la misma psicología humana. De ahí su riqueza y su profundidad.
En la película asistimos a un proceso de descomposición mental por la obsesión y el perfeccionismo, lo cual es encadenante y destructor. Pero al mismo tiempo, ese camino de perfección se construye en etapas de liberación de la represión en la que el personaje ha vivido siempre, y que han ahogado facetas de su personalidad.
Así, asistimos a un proceso en el que la protagonista se «completa», se descubre, se hace adulta, se libera y se afirma. Pero ese proceso no tiene como finalidad el desarrollo, la autonomía, la realización y vivir una vida más plena, sino que es una vía que se dirige exclusivamente a conseguir la perfección en su arte.
Ese aspecto obsesivo del personaje hace que alcanzar la perfección sea la única finalidad de su vida, la razón por la que se construye y por la que se destruye, por la que se completa y se fractura, hasta una inmolación trágica y al mismo tiempo gozosa, porque supone el triunfo en su objetivo.
Esta paradoja fascinante es el mensaje de la película, y se plantea acertadamentadamente ambiéntandola en el mundo ultraexigente del ballet, a través de figuras como la madre controladora y el Pigmalión tiránico, y se expresa y se refuerza con una realización magnífica, recursos visuales bellísimos y una interpretación impresionante de Natalie Portman. Desasosegante y maravillosa película.

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